lunes, 19 de septiembre de 2011

Teatro contra drama: salud mental mediante autoengaño



Me levantaba todas las mañanas a duras penas después de dejar sonar casi media hora el despertador pensando ya en la siesta que me iba a echar después del trabajo. Aprovechaba los veinte minutos de metro para echar una cabezadita y llegaba como si me dirigiera a mi propio funeral. A partir de ahí empezaba la sesión de interpretación teatral, porque en eso consistía, en que no se notase. Llegaba con una sonrisa y un enérgico "¡Buenos días!" y a partir de ahí todo iba sobre ruedas. Por suerte casi todos los días me terminaba creyendo mi propio papel y olvidaba esa profunda desazón de quien camina como un funambulista sobre la línea intermitente de la autopista sin saber cómo llegó ahí.

jueves, 8 de septiembre de 2011

L.

“¡Quita, fuera de aquí, déjame solo! ¡Fuera! ¡Me queman los zapatos! ¡Déjame en paz! ¡Ciento veinticinco mil! ¡Vete, vamos!”

No había nadie alrededor para entender su delirio infantil. Estaba solo en una habitación, en su silla de ruedas. Tenía una enfermedad degenerativa y terminal que poco a poco iba destruyendo su capacidad de moverse, de pensar con lógica, de relacionarse con el mundo, de ver, de oír y de apreciar lo que otros llaman realidad. Un caso perdido. Incomprensible. Incomprendido. Era cuestión de tiempo.

A nadie le importaba.