
Me levantaba todas las mañanas a duras penas después de dejar sonar casi media hora el despertador pensando ya en la siesta que me iba a echar después del trabajo. Aprovechaba los veinte minutos de metro para echar una cabezadita y llegaba como si me dirigiera a mi propio funeral. A partir de ahí empezaba la sesión de interpretación teatral, porque en eso consistía, en que no se notase. Llegaba con una sonrisa y un enérgico "¡Buenos días!" y a partir de ahí todo iba sobre ruedas. Por suerte casi todos los días me terminaba creyendo mi propio papel y olvidaba esa profunda desazón de quien camina como un funambulista sobre la línea intermitente de la autopista sin saber cómo llegó ahí.
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