jueves, 8 de septiembre de 2011

L.

“¡Quita, fuera de aquí, déjame solo! ¡Fuera! ¡Me queman los zapatos! ¡Déjame en paz! ¡Ciento veinticinco mil! ¡Vete, vamos!”

No había nadie alrededor para entender su delirio infantil. Estaba solo en una habitación, en su silla de ruedas. Tenía una enfermedad degenerativa y terminal que poco a poco iba destruyendo su capacidad de moverse, de pensar con lógica, de relacionarse con el mundo, de ver, de oír y de apreciar lo que otros llaman realidad. Un caso perdido. Incomprensible. Incomprendido. Era cuestión de tiempo.

A nadie le importaba.

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