martes, 26 de abril de 2011

debe ser que exageran

Me quité los guantes con cuidado y los eché en la papelera. En realidad tampoco era para tanto, todo el mundo hablaba del tema como si fuera un fantasma que te persigue hasta el día de tu muerte, y yo estaba pensando en comerme unos huevos fritos y en si debería teñirme el pelo, porque tengo pinta de no haber roto un plato con estos rizos rubios de angelito, y tener esta pinta es una desgracia, pero claro, si me tiñera, todos se darían cuenta y la cosa sería aún peor que el look ricitos de oro. Huevos con bacon y una cerveza, lo mejor sería llamar a Dani para que bajase al paseo marítimo y me invitara, porque no tenía un duro. Qué idiota, cómo no pensé en quedarme con la cartera. Bueno, ahora ya era demasiado tarde. No sabía si contárselo a Dani. Él ya lo había hecho, pero era la clase de tipos de los que no sabes si te puedes fiar. Además era un poco listillo. Le llamé y le dije: “Dani. Estoy en el paseo marítimo.” –“Me muero de hambre, te invito a comer.” –“Te espero en la esquina.”

Un buen tío, este Dani. Pensé que acabaría por comentárselo. Algo me decía que no era de los que van largando por ahí.

jueves, 14 de abril de 2011

Soberbio y desapercibido

No le sería fácil aceptar que no era un genio, pero poco a poco empezó a sospecharlo. Lo que él quería era reconocimiento a su brillantez exenta de esfuerzo, que todos admirasen precisamente su falta de preparación mientras destacaba sobre eruditos y expertos. Lo malo era que nadie se fijaba en su talento, y quien lo conocía no lo sabía apreciar.

La gente es idiota, se decía. Idiotas que nunca estarían a su altura o idiotas que ni siquiera reconocían su superioridad. Hasta que se dio cuenta de que ser mejor que la mayoría no bastaba; de repente empezó el mismo a reconocer a otros mejores que él. ¿Cómo es que nunca se había dado cuenta de su existencia? Y, lo peor de todo, ¿cómo es que ellos aceptaban humildemente pasar sin pena ni gloria ante todos aquellos idiotas?

Decidió que nada merecía la pena y se colgó de un árbol cayendo para siempre en el olvido.

martes, 12 de abril de 2011

Parálisis

Veo mis brazos y mis piernas, pero no se mueven. Oigo los coches, la lavadora, alguien en la ducha. Ha pasado una hora y sigo en la misma postura, presa del pánico. Sé que no tengo nada que temer. Y sin embargo sigo inmóvil, con la rigidez de una estatua de bronce, dejando pasar los minutos. Suena Dinah Washington en alguna parte. Sólo necesito a alguien que desencante el hechizo, que me despierte del sueño, que me devuelva a la vida terrenal, mientras soy consciente de que mi cuerpo está aquí, solapándose conmigo. Pero no lo siento, sólo reconozco el miedo, que llena los antebrazos, los hombros, la espalda. La habitación está cada vez más oscura. Sigo en la misma postura, pasa otra hora. El pánico atenaza cada uno de mis músculos y arruina todos mis esfuerzos por levantarme de la silla. Empieza a llover.