
No le sería fácil aceptar que no era un genio, pero poco a poco empezó a sospecharlo. Lo que él quería era reconocimiento a su brillantez exenta de esfuerzo, que todos admirasen precisamente su falta de preparación mientras destacaba sobre eruditos y expertos. Lo malo era que nadie se fijaba en su talento, y quien lo conocía no lo sabía apreciar.
La gente es idiota, se decía. Idiotas que nunca estarían a su altura o idiotas que ni siquiera reconocían su superioridad. Hasta que se dio cuenta de que ser mejor que la mayoría no bastaba; de repente empezó el mismo a reconocer a otros mejores que él. ¿Cómo es que nunca se había dado cuenta de su existencia? Y, lo peor de todo, ¿cómo es que ellos aceptaban humildemente pasar sin pena ni gloria ante todos aquellos idiotas?
Decidió que nada merecía la pena y se colgó de un árbol cayendo para siempre en el olvido.
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