El agua del mar era de una transparencia increíble con un color turquesa que sólo se veía cuando uno tomaba distancia suficiente. El cielo era completamente azul, el aire cálido y suave. Desde la arena blanca finísima de la orilla de la playa observaba la belleza de aquellos seres de colores brillantes que había sumergidos en el agua cristalina. Morados, amarillos, verdes, rosas, blancos, añiles, granates… No más grandes que la palma de una mano. Tenían la textura de una medusa, pero no la forma. Los colores eran tan intensos a la par que transparentes que fascinaba ver el espectáculo multicolor de lo que parecía una coreografía orquestada por una deidad de la belleza y el amor. Los había de diferentes tamaños y había dos formas diferentes: unos eran como un cilindro un tanto cónico e irregular, y los otros parecían la parte arriba de una medusa sin tentáculos.
“¿Qué son?”, pregunté. “Son setas marinas. Tienes que coger un trozo de cada forma, pero ten cuidado de que sean del mismo color y tamaño. Cuando los juntas…”
Cogí una parte de arriba de un azul intensísimo y la junté con una parte de abajo del mismo tono que hacía las veces de tallo o pie, de manera que se formaba una especie de seta con textura de medusa. Al hacerlo, se encendió una luz dentro del ser recién compuesto que tenía en la mano y me invadió una energía hechizante que despertó todos mis sentidos que habían estado, hasta entonces, aparentemente dormidos, abotargados, cerrados a una percepción nunca antes experimentada en la que todo cobraba sentido.
Todo está interconectado, todo es codependiente y armónico. Todo es intenso y bueno.
Abrí los ojos y todo se llenó de luz y amor.
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