Ostracismo educado
Llevaba más de un año en Berlín y aproveché la oportunidad de deserción de mis compañeros de piso para llevar a cabo mi plan de integración extrema de una vez por todas en este país. Ni qué decir tiene que hasta entonces los intentos habían tenido resultados más bien discretos, aceptémoslo, lo de mezclarse con el entorno hasta convertirnos en “uno de ellos” no acababa de cuajar. No sabía muy bien si esto se debía a que éramos dos españoles en el mismo piso y a que solíamos intentar llevar la gente a nuestro terreno de tonterías con o sin trasfondo de ironía cultural, excesos y comida mediterránea con gran contenido en ajo.
Pero, como decía, una vez sin compañeros de piso busqué una habitación por mi cuenta en un piso compartido con alemanes de pura cepa. Tuve una entrevista de tres horas para una habitación en un piso perfecto pero había demasiada gente interesada. Me llamaron para una "segunda ronda" de entrevistas y tenía pocas esperanzas, pero fui finalmente la candidata elegida. Así fue como, a pesar de ciertos problemas logísticos, conseguí mudarme y de repente ya estaba en el nuevo piso. Grande, luminoso (dentro de las posibilidades que ofrece un invierno en el norte de Alemania), con dos alemanes de unos treinta años y un perro. Ahí es cuando empezó el periodo de ostracismo educado, que es una técnica muy bien desarrollada por los autóctonos consistente en pasar de la gente cercana de forma descarada sin por ello dejar de desbordar corrección.
El ostracismo educado es una etapa que hay que pasar necesariamente antes de llegar a cualquier tipo de nivel de amistad. La persona a la que sistemáticamente se le hace el vacío no debe dejarse amedrantar. Mi consejo es practicarlo a su vez hasta que se acabe la etapa correspondiente, que puede durar entre dos meses y un año. Por ejemplo, al llegar a casa o salir de ella, aunque te cruces con uno de tus compañeros, no tienes que saludar ni decir de dónde vienes o a dónde vas, basta con dar un portazo, ya sea para salir de casa o meterte en tu cuarto. Si estás cocinando y te sobra comida que puedes compartir, pones tu comida en tu plato, vas a tu habitación y de camino puedes decir en voz baja e indiferente: “Hay más pasta, si queréis.” Y te vas a comer solo.
Aquellas personas que practican el ostracismo educado ven con buenos ojos que tú también lo hagas, porque es señal de que respetas su espacio y no intentas imponer tu amistad. Entonces, en algún momento, esa etapa se acaba. Has pasado la prueba. Podéis ser amigos. Poco a poco, claro. La etapa suele acabar antes cuando entra en juego el factor de antigüedad: Si alguien empieza a vivir en la casa después de ti, automáticamente el ostracismo educado pasa a centrarse en el nuevo habitante y tú ganas puntos. Sin embargo, cuidado: si la nueva persona no se amolda a la situación de ostracismo e insiste en hablarte como si fueseis amigos, es dada al contacto físico y tiene una actitud alegre ante la vida, es fácil contagiarse y crear una pequeña alianza que solo puede llevar a tensiones con los miembros más antiguos. Las amistades prematuras suelen causar recelo.
En aquel piso la etapa de ostracismo educado duró seis meses, que es el tiempo que estuve viviendo allí. En dos de cada tres pisos del norte de Alemania he vuelto a vivir esta situación, generalmente con etapas de dos meses de ostracismo, pero una vez que uno les coge el tranquillo y va predispuesto se acostumbra y aprecia más las amistades futuras, porque cuestan, sí, pero una vez que lo consigues… un alemán es para siempre.
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