Se me quedó mirando mientras se sacaba tranquilamente un moco con cara de estar bastante confundido ante mi pregunta. Giró la cara un poco hacia la izquierda para descubrir con gran sorpresa el vuelo de un insecto y ya no existían ni la pregunta, ni yo, ni mucho menos el moco que tenía pegado en el dedo. Cuando salió de su trance me miró, se acercó y me dio un abrazo. Al cabo de un momento reunió las fuerzas para separarse y se quedó allí parado, esperando, así que consideré que estaba preparado y repetí:
- “Entonces, dime, ¿cuántos deditos hay aquí?”
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