Escribir con papel y bolígrafo me resulta más fácil que hacerlo frente a la aséptica pantalla del ordenador. Es más personal, por así decirlo. A medida que la tinta impregna el espacio en blanco las ideas son más claras y las distracciones menores, da más tiempo a pensar y las palabras fluyen mientras se perfilan los trazos de las letras, las redondeces, los acentos. Las pausas parecen más reales. Los tachones causan una impresión visual estimulante, una pista sobre los errores que no se deben volver a cometer. La propia letra ya comunica, o al menos provoca algún tipo de sentimiento más real en torno a lo que se está haciendo.
La palabra escrita a mano va desapareciendo. Las cartas han quedado obsoletas ante el correo electrónico y las redes sociales, que son herramientas con muchas ventajas y grandes avances por el precio de una cierta autenticidad, la inequívoca autoría e intencionalidad de quien escribe un mensaje individual que va dirigido a un destinatario con el sello de algo especial. Sin embargo, en la era digital y tecnológica la tendencia es el llegar a más gente, el compartir con un número indeterminado de personas aquello que antes reservábamos para unos pocos escogidos por el esfuerzo y el coste que supone realizar una creación para cada uno de los destinatarios. Fuera del ámbito epistolar ocurre lo mismo, existiendo además la posibilidad de poder guardar, enviar, modificar (y no hablemos ya de copiar y pegar) documentos escritos, lo cual es inmensamente útil y ha revolucionado la manera de procesar la información (de acceso cada vez más ilimitado). Estudiar, investigar, trabajar, relacionarse con los demás y compartir por medio de la palabra escrita en la nueva era de las posibilidades tecnológicas es un lujo pero hoy, mientras escribo la entrada de un blog, echo de menos garabatear en el margen mientras pienso si tiene sentido siquiera escribir esta contradicción.
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